(Viaje cálido de una
noche
sin sabor)
¿Alguna vez
sentiste
un respiro
susurrante
mientras un viento suave
te acariciaba
la espalda?
¿Alguna vez
imaginaste
que todos tus sueños eran
una realidad
que se concreta solo
cuando vos
soñas?
¿Te sentiste tan vacío?
¿Tan feliz?
¿Tan incrédulo?
¿Tan volátil?
¿Te sentiste tan cerca?
Era. No sabía qué, quién, cómo, por qué, ni cuando, pero al menos sostenía sin titubear: era.
No es fácil mantener las esperanzas erguidas en el escándalo del desánimo existencial, es una lucha contra la corriente, pero que al final tiene la más gloriosa de las recompensas: sentirse uno, sentirse propio, firme, leal, para así fundirse y dejar de ser simplezas para ser como el humo que se esparce sin distinguir límite alguno, desconociendo los apegos, los afines, y las ataduras a la desgarradora cotidianidad.
Intentaba descubrir su ser, su yo profundo, en las intimidades más profundas del alma, donde se llega costosamente, mientras allí se encontraba: Sentado en un rincón, con la espalda en el suelo, los ojos entrelazados, las piernas cruzadas, el mismo perfume de siempre, la cautelosa taquicardia, el suave vaso semivacío y su piel expectante mirando al "cielo". El reloj parecía el contador de segundos restantes de vida, realizaba sonidos que apuñalaban su mente y desgarraban cada recuerdo; la luz que se filtraba por debajo de la puerta parecía un rayo de sol encandilando los ojos de un niño por la tarde y los ruidos del afuera eran la intimidante presencia del exterior dentro suyo, lo que denotaba que aún navegando en sus propios confines el exterior hacia su continuo acto de presencia, al igual que todos los días, todas las madrugadas, todas las noches, y todas las mañanas (al igual que todo momento de la vida).
Entre el sinfín de intentos y un particular pestañeo siente una presencia más, un susurro recorriendo toda su piel hasta llegar a su espalda, acariciándola como con suaves y delicados guantes de algodón, una mirada penetrando en su voz impidiéndole el habla, y poco a poco, durmiendo todos y cada uno de sus sentidos. Esa misma presencia no era más que su propio ser despegando del suelo para aterrizar en el tan mencionado "cielo" -que es visto como algo superior y difícilmente alcanzable, mientras es lo más cercano que tenemos, habitando dentro de uno mismo- donde quedaría por siempre.
El primer encontronazo no fue más que hallarse perdido en un crepúsculo mientras sombras de cuerpos cuasi humanos corrían desesperadamente siguiendo unas huellas incandescentes que viejas sombras habrían hecho. Sin más que hacer, decidió unirse a ellas, corriendo entre sí hasta el cansancio, cuando se detuvo, y las sombras se detuvieron junto a él. Fue ahí cuando comprendió que aquellas sombras no eran extrañas sino que era él mismo, haciéndose un millón sin darse cuenta, sin notarlo, ni percibirlo en lo más azaroso de lo imaginable. Éstas eran cada uno de los pensamientos interrogantes que convivían en su mente, buscando respuestas redundantes que quizás nunca descubrió. Hasta éste momento.
Pasó el tiempo cuestionando y analizando a cada una de éstas desesperadas sombras, pero el cansancio lo hizo frenar y simplemente dejó de hablar para poder escuchar el cálido silencio, aprovechando el momento para cerrar los ojos, lo que le resultó imposible ya que, repentinamente, comenzó a oír unos pasos parecidos a los de un gigante aproximándose a su cuerpo. Tembloroso, buscó a aquel gigante, hasta encontrar un pequeño círculo multicolor alojado en un rincón, que parecía ser el causante de tal estremecedor ruido, y sin mucho más que agregar partió en carcajadas, lo que enfureció a aquel círculo.
Enfurecer a aquel círculo fue la peor de las experiencias, ya que este mismo se hizo dueño se su cuerpo y lo acorraló entre cada uno de sus colores, sin aire, ni oxígeno, ni vida. Aquella sensación era desesperante y horrible, como estar muerto vivo, sin encontrar salida alguna, aunque con el pasar del tiempo comenzó a preguntarse lo que había hecho mal y encontró en ese círculo la dictadura de la culpa, que era la causante de su falta de escapatoria. Al descubrir lo que le generaba aquella culpa, salto a la altura de un edificio porteño, y quebró en un llanto eterno.
Cansancio era el nombre de su cuerpo íntegro, no quería tener más experiencias corriendo en la libertad de sus sombras ni reprimiéndose en lo cerrado de sus círculos, quería conocer el descanso, el goce del corazón, quería mecer su alma en una cuna de plumas, así que inventó su propio lugar de descanso y no hizo más que cerrar sus ojos y sumergirse en su propia eternidad: estaba entonces en su sueño.
En su sueño encontró la libertad propia de imaginar lo inimaginable y desconocido, jugaba a atrapar nubes y luego saltar sobre ellas, cantaba viejas canciones en idiomas inventados mientras vivía y revivía en simultáneo. Entre esos juegos encontró un pasadizo cuyas paredes eran al principio verdes, azules, violetas, rojas y al rozar el color blanco se detuvo y debió parpadear producto de la incandescencia visual que lo obligaba, y fue allí cuando volvió a ese rincón, a estar boca arriba y ver la luz filtrándose por la puerta, mientras los murmullos del exterior desanimaban su alma.
Al abrir los ojos notó que el reloj -aquel segundero asesino- marcaba que desde la ultima vez que lo había visto hasta ese momento habían pasado solamente cinco minutos. Unos eternos cinco minutos que sintió como once mil renaceres. Fue allí que comprendió la vecindad que lo ataba de un lado con su propio ser y del otro con el exterior social, que generaba tal coerción que nunca antes había logrado conocerse a si mismo.
Y aunque los susurros y las caricias aún no estén, y el se encuentre dentro de una "jaula de hierro", se siente tan vacío como lleno, tan feliz como triste, tan volátil como cerca, pero nunca, nunca más, tan incrédulo.
(Once you know yourself
you just don't get noticed about unnecesary things
the world wants you to care about.)
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