Se siente un rechinar en la cabeza. Como si los surcos, los
mares, los vientos y la calma no fueran semejante revolotear de ideas
atormentando el mirar.
A lo lejos alguien escucha,
alguien mira, alguien siente. Aunque lejos, el dedo índice de una mano roza
suavemente todo rincón que se intenta blindar, toca todos los espacios que
encuentra en esta biología, ondea toda la suavidad que encuentra en lo llano de
las pieles extraviadas que se hundieron de tanto olor extraño, tanto cajón
abierto que no deja salir a respirar.
En la dulzura de la noche, la
cercana voz se enciende en el encuentro de los perdidos, en otra realidad que
se cierra solo cuando nadie vé, se conecta el interior exteriorizando los
latidos para contemplar toda mirada, todo gesto, toda expresión, todo sueño. Toda
la pacha en su tiempo cósmico ilumina la fé de los incrédulos y es ahí cuando
se enciende la llama de los indefensos, la voz de los humildes, con todo el sol
por delante.
A lo lejos revolotean los sueños
A lo lejos hacemos carne y
cerca,
creamos realidades
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